Un caramelo en el Carmel

Vivir en pleno centro ya no era mi prioridad. Hacía poco que un amigo se había mudado al barrio del Carmel y estaba encantado. Así que fui a echar un vistazo. Subí en metro y me sorprendió lo poco que tardé en llegar. De repente, vi una fachada que me llamó la atención. Resaltaba de entre el resto, destacaban sus colores y, aun así, encajaba con el entorno a la perfección. No había ninguna señal de venta o alquiler. Pregunté al vecino y me dijo que tenía que hablar con Open House. Concerté una cita.
Al entrar me dió la sensación de que la luz se había colado detrás de mí. La claridad, el blanco de las paredes y la madera del suelo me dieron una sensación de paz instantánea. Los peldaños de la escalera estaban hechos de baldosas hidráulicas enmarcadas en madera, algo que yo no había visto antes. Al subir a la segunda planta, me dijeron que la baranda de hierro da sensación de amplitud y deja que la luz fluya. Vi que había aire acondicionado y calefacción. Seguimos. Las baldosas amarillas de la cocina me recordaban a algo pero no sabía a qué. Los muebles están integrados lo cual me gustó porque la cocina es a la vez un pasillo para llegar al comedor entonces está bien que quede mimetizada. Dos baños, baldosas verdes en uno, amarillas en el otro. Otra vez, el amarillo intentaba decirme algo. El dormitorio era sencillo, elegante y una vez más, como si el plano de esta casa fuese un puzzle, las fichas encajaban a la perfección con el resto. Seguimos. Y ahí fue cuando me llevé las manos a la boca. Vistas panorámicas de la ciudad desde la terraza. Y ahí mismo me acordé, las baldosas amarillas me recordaban a la frase del Mago de Oz “A casa, a casa, a casa”. Y desde que vivo aquí, igual que Dorothy, solo quiero volver a casa.